relatos con arte

Lo que sigue es un intento de utilizar la ficción para motivar el aprendizaje de la Historia de Arte. Lo que sigue son pequeños relatos apócrifos, reflexiones, descripciones, cartas o poemas. Textos inventados siempre, pero inspirados en la historia, para mostrar los sentidos de las obras o adaptarlos a nosotros. En ellos se hace hablar al autor, a un personaje, a un crítico, a un mecenas, a un profesor o a un espectador que nos cuentan sus razones, su manera de ver, su sentimiento o su reflexión ante la imagen plástica. Se intenta llevar a los ojos a un nivel correcto de enfoque (que no pretende ser único o excluyente de otros, pero que sí se pretende interesante) y animar a la lectura de lo que se ve, o lo que es lo mismo, educar la mirada y disfrutar del conocimiento, concediendo al contenido, al fondo de las obras, un papel relevante que en nuestras clases, necesariamente formalistas, se suele marginar.

Anuncio cortés

Tríptico de la Anunciación de Simone Martini. Ansano (1zq) Anunciación (centro) y Margarita de Siena (izq). 1333. Temple sobre tabla, la central: 184 por 114 cm. Museo de los Uffizi. Florencia
Me dedico a hacer anuncios para la televisión. En ellos saco chicos y chicas guapos para vender algo. Hoy, sin embargo, se me ha ocurrido admirar este otro anuncio, el de Simone Martini, el pintor de la escuela de Siena que en el trecento (siglo XIV) se opone al progresismo espacial del florentino Giotto, con un arte más decorativo y más lineal, que obedece más directamente a la tradición italo-gótica de origen bizantino, y que también nos hace un anuncio, el anuncio de que Dios está en María.
Su pintura juega con lo antiguo y lo nuevo. Lo antiguo son los formalismos y algunos convencionalismos como el de los fondos dorados. La capa de pan de oro representa a la luz del cielo y nos habla de la presencia de la divinidad, lo mismo que las aureolas de santidad planas de todos los personajes. También resulta inspirado en la tradición la minuciosidad decorativa de los bordes de los vestidos o de la taracea del trono, el ritmo lineal curvilíneo del dibujo de los contornos y los arcos apuntados polilobulados del marco sobre el que descansan las tres tablas. De ellas dos son estrechas, las laterales, con los santos de Siena: Ansano y Margarita, y una, la central, es mucho más ancha y cuenta con los temas de la Anunciación y de la Encarnación. 
Lo nuevo proviene de la sensación de profundidad que recibe Simone de su cercano antecedente florentino, el Giotto, y de la intensa atención en las figuras, que aunque conservan su tradicional canon estilizado y su convincente modelado por claroscuro, muestran también un grado de vida y de realidad que va mucho más allá de lo acostumbrado. 
También resulta nueva y extraordinariamente interesante para mi, su sencilla composición. El pintor nos conduce la mirada al asociar a los dos protagonistas de la tabla central: el Arcángel Gabriel y la Virgen, en una gran V, cuyo centro es el jarrón con los lirios, que es el símbolo de la virginidad y el eje de la composición. A su izquierda, el perfil del ángel arrodillado, en la zona descendente de la curva, sirve para reforzar la idea de que aún está cayendo (las alas aún no se han plegado y los pliegues de su vestido aún están flotando), mientras que el perfil de la Virgen, a la derecha, en la parte ascendente de la curva, subraya ese gesto de recogimiento o de sorpresa que su cuerpo realiza casi de forma insconsciente, al tiempo que cierra el libro. Entre ambos, en el medio, la salutación escrita en letras doradas del ángel, el ramo de olivo (como signo de pacto o alianza) y el jarrón con los lirios blancos. 
Tan eficaz es este esquema curvilíneo, que el otro tema, el de La Encarnación, suele pasar desapercibido para la mayor parte de los contempladores no avezados, porque se encuentra al margen de esta línea. Para encontrarlo hay que subir hasta el arco apuntado del centro del marco, sobre los lirios del suelo. Allí está la paloma (el Espíritu Santo), orientada ya hacia la Virgen y rodeada de ángeles minúsculos. Espera a que la Virgen acepte, para encarnarse, pero ya se dirige hacia ella.
La Virgen es casi una niña. Su boquita, tan pequeña, tiene un aire de ingenuidad casi infantil que se suma al sentido de sus ojos entornados, lo que nos sugiere que se encuentra adormilada todavía. Sin embargo, la actitud recatada de la dama, que vuelve la espalda al ángel y su precaución de poner el dedo sobre la página del libro, que está cerrado, nos cuenta una historia diferente, la historia de la muchacha que está respaldando su honor y quiere aparecer esquiva.
El ángel de rubios cabellos, por el contrario, es un hermoso joven lleno de arrogancia. En su gesto decidido y en el regalo que lleva (el ramo de olivo) vemos a un caballero.
Si vemos a un caballero y a una dama, estamos asistiendo a una escena de amor cortés. La relación del ángel con la Virgen se ha rellenado de tantos detalles que los dos personajes nos resultan más humanos que divinos. Con ello la obra alcanza un significado ambiguo que mezcla los valores de la cultura cristiana con los valores feudales de la vida cotidiana.
Cuando miro esta pintura, se me ocurre que en ella está el embrión de lo que hacemos los anunciantes. Disfrazamos el mensaje al mezclarlo con los sentimientos básicos de la gente. Asociamos el amor, los cariños de los padres y los hijos o la fascinación por la magia con el mensaje que queremos transmitir para que todo el mundo lo entienda o al menos para que lo sienta. Lo mismo hace el gótico y el barroco y, en especial, este autor. Simone humaniza hasta tal punto las creencias que consigue que en la Anunciación confluyan las dos fuerzas culturales más importantes del gótico, la del amor cortés y la de las creencias cristianas. Sólo así resulta eficaz su gran spot publicitario: El del anuncio de Dios.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada