relatos con arte

Lo que sigue es un intento de utilizar la ficción para motivar el aprendizaje de la Historia de Arte. Lo que sigue son pequeños relatos apócrifos, reflexiones, descripciones, cartas o poemas. Textos inventados siempre, pero inspirados en la historia, para mostrar los sentidos de las obras o adaptarlos a nosotros. En ellos se hace hablar al autor, a un personaje, a un crítico, a un mecenas, a un profesor o a un espectador que nos cuentan sus razones, su manera de ver, su sentimiento o su reflexión ante la imagen plástica. Se intenta llevar a los ojos a un nivel correcto de enfoque (que no pretende ser único o excluyente de otros, pero que sí se pretende interesante) y animar a la lectura de lo que se ve, o lo que es lo mismo, educar la mirada y disfrutar del conocimiento, concediendo al contenido, al fondo de las obras, un papel relevante que en nuestras clases, necesariamente formalistas, se suele marginar.

La incierta dimensión del tiempo

Algunas obras de arte tienen leyendas asociadas. De entre ellas, para mí, la más hermosa es la de esta estatua ecuestre. Una historia que se adapta tan bien al pensamiento del representado y a la rocambolesca historia de la estatua, que el conjunto tiene materia literaria suficiente como para construir una novela. 
Empezaremos por hablar de forma sucinta del representado, el emperador Marco Aurelio. Un emperador filósofo, de la dinastía de los Antoninos, que gobierna en la segunda mitad del siglo II después de Cristo. Él era un estoico pacífico que, sin embargo, se pasó la mayor parte de su vida imperial haciendo la guerra a los partos. Como estoico era partidario de reprimir los deseos: "Los deseos conducen a la permanente preocupación y decepción, ya que todo lo que se desea de este mundo es miserable y corrupto."
Pero también escribió reflexiones profundas sobre el tiempo y la vida y la muerte, como éstas: 
"Todo lo existente se desintegra y todo lo creado por la naturaleza está destinado a morir." 
"La vida del hombre es una simple duración, un punto en el tiempo, su contenido una corriente de distancia, la composición del cuerpo es propensa a la descomposición, el alma un vórtice, la fortuna incalculable y la fama incierta. Las cosas del cuerpo son como un río y las cosas del alma como un sueño de vapor, la vida es una guerra y la fama después de la muerte, solo olvido." 
"La duración de la vida de cada uno es irrelevante, un paso para ver el enorme abismo de tiempo detrás de ti y antes de ti en otro infinito por venir. En esta eternidad, la vida de un bebé de tres días y la vida de un Néstor de tres siglos se funden como uno sólo." 
En el grupo escultórico, en bronce sobredorado, falta la imagen de un bárbaro vencido, que debería aparecer bajo las patas del caballo, de manera que sólo nos ha llegado éste y su caballero. El caballo no es grande, pero presta majestad y poder al retratado. Se mueve pausadamente, hacia delante, con una de sus patas delanteras levantada, y está ricamente enjaezado (por ejemplo, tiene sobre la cabeza una especie de caperuza con un pájaro. Algún símbolo imperial, probablemente). El caballero, Marco Aurelio, aparece con un tamaño más grande que el correspondería en relación con su cabalgadura, vestido con túnica corta (paludamentum) y la capa roja de los generales. Con botas de patricio y sin espuelas (aún no se habían inventado), deja que cuelguen sus pies lateralmente. Su rostro tiene barba y un cabello abundante y rizado, que confieren un especial claroscuro a esta parte de la estatua y le dan un cierto aspecto descuidado. Su mirada es profunda, tal vez a consecuencia de tener tallada la pupila, y su gesto es serio, concentrado. La actitud más significativa de su cuerpo es el movimiento hacia arriba de su brazo. Se diría que está arengando sabiamente a su tropa, saludando a sus ejércitos o bien concediendo el perdón al bárbaro herido y derrotado. Un retrato, por lo tanto, que sólo está en un pequeño grado idealizado, una imagen propagandística de un poder imperial moderado, reflexivo, equilibrado, sereno y magnánimo... 
El caso es que, realizada la estatua, se instala en el palacio del emperador y empieza a pasar el tiempo: Durante la Edad Media, desaparecen de Roma todas las estatuas de bronce de la antigüedad salvo esta. Sirvieron para ser fundidas como moneda o para construir otros monumentos de bronce, contando con que representaban a dioses o emperadores paganos y contando con el elevado precio del material, que como se sabe se produce en hornos muy costosos a partir de cobre y estaño. Dicen que Marco Aurelio se salvó de la quema al ser confundido con Constantino el Grande, el que concedió la libertad religiosa a los cristianos. 
En el Quattrocento, los artistas se inspiran en esta estatua ecuestre, para rendir homenaje a los Condottieros de la época, como hará Donatello, en su Gattamelata de Padua, o Verrocchio en su Colleoni de Venecia. 
A principios del Cinquecento, Miguel Ángel urbaniza el núcleo neurálgico de Roma, la Plaza del Capitolio, y sitúa en el centro de la plaza a la estatua ecuestre de Marco Aurelio sobre un pedestal que el mismo diseña. Allí aguanta la estatua hasta finales del siglo XX. 
Llega entonces el último capítulo de esta historia, el del traslado de la estatua ecuestre al Museo del Palacio de los Conservadores, que está situado en la misma plaza, mientras una copia queda en su lugar y confunde a muchos turistas. Allí el conjunto es restaurado con paciencia y luego se le expone sobre una especie de elevada pasarela de desfile. En el grupo restaurado se hace ahora visible algo que no estará nunca en la copia. Me refiero al sobredorado desconchado original que ha sido conservado con el máximo de los cuidados. ¿Sabéis por qué? Pues porque, según la leyenda, Roma desaparecerá cuando se caiga la última de sus virutas doradas.
Estoy seguro de que a Marco Aurelio, que tanto pensó en el tiempo y en el olvido, le hubiera gustado conocer esta leyenda...

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