relatos con arte

Lo que sigue es un intento de utilizar la ficción para motivar el aprendizaje de la Historia de Arte. Lo que sigue son pequeños relatos apócrifos, reflexiones, descripciones, cartas o poemas. Textos inventados siempre, pero inspirados en la historia, para mostrar los sentidos de las obras o adaptarlos a nosotros. En ellos se hace hablar al autor, a un personaje, a un crítico, a un mecenas, a un profesor o a un espectador que nos cuentan sus razones, su manera de ver, su sentimiento o su reflexión ante la imagen plástica. Se intenta llevar a los ojos a un nivel correcto de enfoque (que no pretende ser único o excluyente de otros, pero que sí se pretende interesante) y animar a la lectura de lo que se ve, o lo que es lo mismo, educar la mirada y disfrutar del conocimiento, concediendo al contenido, al fondo de las obras, un papel relevante que en nuestras clases, necesariamente formalistas, se suele marginar.

Casa de campo

La idea de Wright consistió en construir una casa integrada en la naturaleza, aprovechando que mi padre, un industrial de Pittsbourg, apellidado Kauffman, había comprado un terreno de la montaña apalachense con una hermosa cascada. La cascada fascinó a Wright. En el edificio que ideó se oiría su continuo rumor vivo.
Entre 1936 y 39, coincidiendo con los años de la guerra civil española, y utilizando un material del lugar, una piedra pizarrosa paleozoica, construye un núcleo central, lo que podíamos llamar el hogar, porque incluye la chimenea, que es el centro del que parten una serie de voladizos planos horizontales de hormigón, que se sostienen en parte con vigas de acero y que avanzan sobre la superficie del arroyo, acercándose a la cascada. Los cierres se realizan con ventanales corridos horizontales, lo que hace posible habitaciones muy espaciosas y luminosas y una gran superficie de terrazas.
Mi padre, que dirigió la obra, no se fió de los cáculos de Wright y mandó utilizar más acero que el proyectado. El tiempo demostró que sin la previsión de mi padre, todo el edificio se habría ido al garete.
En la casa de la cascada vivimos muchos veranos toda la familia. Guardo buenos recuerdos de ella, porque a mi padre le gustaba estar allí y solía llevarme con él. Me acuerdo especialmente del salón. Vivir allí era estar abierto al bosque, porque desde las ventanas del salón se dominaban tres de los cuatro puntos cardinales. A mi me tocó la casa en la herencia, pero tuve que venderla. En un país sin grandes obras de arte, la existencia de esta joya arquitectónica me arruinaba en forma de elevados impuestos y me impedía la necesaria intimidad, pues dificilmente podía poner trabas a un tráfico turístico cada día más masivo. Hoy en día es uno de los edificios más visitados de los EEUU, aunque el viaje no es fácil, y es que el edificio y la naturaleza que lo rodea casi nunca decepcionan.   

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