relatos con arte

Lo que sigue es un intento de utilizar la ficción para motivar el aprendizaje de la Historia de Arte. Lo que sigue son pequeños relatos apócrifos, reflexiones, descripciones, cartas o poemas. Textos inventados siempre, pero inspirados en la historia, para mostrar los sentidos de las obras o adaptarlos a nosotros. En ellos se hace hablar al autor, a un personaje, a un crítico, a un mecenas, a un profesor o a un espectador que nos cuentan sus razones, su manera de ver, su sentimiento o su reflexión ante la imagen plástica. Se intenta llevar a los ojos a un nivel correcto de enfoque (que no pretende ser único o excluyente de otros, pero que sí se pretende interesante) y animar a la lectura de lo que se ve, o lo que es lo mismo, educar la mirada y disfrutar del conocimiento, concediendo al contenido, al fondo de las obras, un papel relevante que en nuestras clases, necesariamente formalistas, se suele marginar.

Laberinto de granito

Monasterio de San Lorenzo del Escorial. J B de Toledo y J de Herrera. Sillares de granito y tejados de pizarra. 207 m de largo. Último tercio s XVI.
Me llamo Felipe y soy segundo en el orden de la corona de España, después del primero que fue mi abuelo Felipe de Absburgo. Soy hijo del emperador Carlos, del cual heredé esta corona en cuyas tierras no se pone el sol. Soy un monstruo para mis enemigos, los calvinistas, y un rey prudente para mis súdditos católicos. Mi corona es la síntesis histórica de cien estados cristianos. En Trento, nuestra iglesia reafirmó su dependencia del papado y se reinventó a sí misma como organismo activo y militante que se orienta en el tiempo hacia la salvación. Esta iglesia militante, contrarreformista, es la fuente de energía de mis actos y la veleta que los dirige hacia su objetivo. Yo soy sólo un rey austero, un rey que ha estudiado geometría y proporciones y que ama el arte de la arquitectura tanto como el emperador Adriano. Como rey y como artista me he esforzado en componer ésta gran obra que ahora estáis contemplando. Esta obra, situada a siete leguas de Madrid, que es la nueva capital que yo he elegido, es un edificio múltiple porque es a la vez palacio, iglesia, tumba y monasterio, una obra inmensa que encargué a Juan Bautista de Toledo y que luego, tras su muerte, fue continuada por el maestro Juan de Herrera. En los veinte años de la incierta construcción de este conjunto he seguido el movimiento de las grúas y he controlado cada una de sus formas y la dimensión del gasto. Por eso me siento tan autor de ella como el gran arquitecto montañés del valle de Camargo que dirige su construcción.
Yo no tengo recato en atribuirme la idea de aludir a la parrilla de San Lorenzo, en la planta, puesto que con la construcción pretendíamos celebrar la victoria sobre Francia en San Quintín. Ambos, Herrera y yo, compartimos la idea de que la iglesia habría de ocupar el lugar central y la de situar el cenit del edificio en la cruz que culmina la linterna de su cúpula. La cúpula, sobre pechinas, semejante a la que acababa de terminar Miguel Ángel en el Vaticano, representaba al cielo por su forma geométrica de máxima simetría. Además, fui yo el que imitando la posición preeminente de la tumba de San Pedro, impuse que el panteón en el que reposarán mis restos se pusiera bajo el altar, en la cripta situada bajo el ábside cuadrado. Impuse también la idea de añadir cuatro torres en las esquinas que habrían de explicar que el edificio era un palacio-alcázar, como el de Toledo. A las torres, incluso, las rematé con los flamencos chapiteles que hablan de los industriosos territorios del Norte en donde nació mi padre e introducen el uso de tejados inclinados de pizarra y una línea de buhardillas por encima de la austera horizontalidad de los cuatro pisos de ventanas rectangulares. Ordené también que a la derecha de la iglesia se construyese un monasterio de Jerónimos para que los monjes rezasen por la salvación de mi alma. Gracias a todo esto he gozado de la armónica repetición de las serlianas en los patios y de la réplica vibrante de San Pietro de Bramante que ha situado Herrera en el centro de su claustro. El conjunto final es complicado. Un verdadero laberinto. Un espacio en el que la sorpresa se impone a la claridad, a la diafanidad que tanto amó el renacimiento.
Ahora, después de haber vivido aquí los últimos años, ahora que la gota y las sangrías me están matando, ahora que yazgo en esta habitación desde la que puedo oír diariamente la misa, me siento aún más orgulloso de esta obra que ya se considera la octava maravilla del mundo. Fue una obra tan grande, tan inmensa, que de ella se dijo que habría de arruinar mi reino. Finalmente, a pesar de las sucesivas bancarrotas, El Escorial pudo concluirse en poco más de 20 años. Es por eso que mandé que se pusiera un ladrillo de oro sobre la solidez gris de los sillares de granito que dan el tono gris de mi carácter a este oscuro edificio en el que mi sombra se ha metido de tal forma en sus paredes que ya nunca se librará de mi.          

http://www.youtube.com/watch?v=VVjqYN1W3z4&feature=relmfu 

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada