relatos con arte

Lo que sigue es un intento de utilizar la ficción para motivar el aprendizaje de la Historia de Arte. Lo que sigue son pequeños relatos apócrifos, reflexiones, descripciones, cartas o poemas. Textos inventados siempre, pero inspirados en la historia, para mostrar los sentidos de las obras o adaptarlos a nosotros. En ellos se hace hablar al autor, a un personaje, a un crítico, a un mecenas, a un profesor o a un espectador que nos cuentan sus razones, su manera de ver, su sentimiento o su reflexión ante la imagen plástica. Se intenta llevar a los ojos a un nivel correcto de enfoque (que no pretende ser único o excluyente de otros, pero que sí se pretende interesante) y animar a la lectura de lo que se ve, o lo que es lo mismo, educar la mirada y disfrutar del conocimiento, concediendo al contenido, al fondo de las obras, un papel relevante que en nuestras clases, necesariamente formalistas, se suele marginar.

Coleccionista


El sueño (Le rêve). Picasso, 1932, óleo sobre lienzo 130 × 97 cm. Colección Steve Wynn
Uno de mis asesores financieros más influyentes, Mister Irving, me dijo un día ya lejano:
"Invertir en arte es invertir sobre seguro y lo mejor para invertir es Picasso, el más reconocido de los autores del siglo XX. Él inventó el cubismo y además es el autor del "Guernica", que si no es la obra cumbre del siglo, sí que es una de las más conocidas. Así que, si tienes dinero para invertir, compra Picasso. Picasso te hará parecer moderno y culto y te dará un cierto aire progresista. No te olvides de que militó en el partido comunista.
Siguiendo estos consejos compré este cuadro. Se llama "el sueño" y tiene poco más de un metro de alto. Mi mujer dijo que quedaba ideal en el salón. Es un retrato de su modelo, Maria Teresa, pintado en los años treinta, en un tiempo no muy lejano al del Guernica, con el que tiene en común el dominio de las líneas curvas y del que se diferencia sobre todo en el tamaño y en la policromía. También exhibe éste un sentido erótico muy latino, que se hace explícito en el pezón descubierto del pecho y en la forma fálica de la parte superior del rostro sonriente, una forma que, combinada con esa sonrisa juguetona, sugiere la idea de que la chica disfrutaba de un picante sueño erótico, lo cual, por cierto, hace juego con la pasión del rojo del sillón y con la posición de sus manos sobre el vientre, la cual tal vez se inspiró en la de la Venus de Urbino de Tizziano.
Pues bien, el cuadro estuvo en el salón de mi casa de Las Vegas (Nevada) casi diez años (no me gustan los que guardan el arte en cajas de caudales), hasta que el casino requirió de una importante aportación de capital. Primero consulté con los bancos. "Los tipos de interés están altos", me dijeron. Así que llamé a la galería y al mes siguiente se subastó por un precio que casi multiplicaba por tres al que yo había pagado por su compra. Quedamos en firmar el contrato a la semana siguiente, pero antes, en el transcurso de una cena que celebramos en casa y mientras yo intentaba mostrar el cuadro a una invitada, me acerqué tanto y con tan mala pata al "sueño" que un torpe tropezón con no sé qué me precipitó contra el lienzo, de manera que mi codo se introdujo en su interior e hizo un roto del tamaño de una moneda de dolar en su sector central.
Evidentemente, la noticia hizo que la operación se cancelase. A mi alrededor el disgusto, el estupor, se expresaba en el rostro de la gente que leía la noticia en los periódicos y que me paraba en los pasillos del casino para darme el pésame. Yo, sin embargo, lo viví con cierta distancia, como si aquello no me hubiera sucedido a mi. Pensé que lo pasado estaba grabado en mi destino e hice lo que creí más juicioso. Después de restaurar "El sueño" y de comprobar que su valor había descendido desde 120 millones de dólares hasta menos de 90, ya no intenté venderlo. Ahora me dicen que con toda esta publicidad no sería difícil encontrar quien pagase 150, pero a mi ya no me interesa. Ahora me doy cuenta de que también yo soy artista, un artista inconsciente que ha dejado su impronta en el cuadro de Picasso. Ahora sólo se me ocurre recordar la frase simple y espontánea que me salió de dentro tras el accidente: "Oh mierda, mira qué hecho", le dije a mi acompañante, "menos mal que lo hice yo". Por eso este cuadro es desde entonces mucho más mío que antes y cada vez me gusta más...

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