relatos con arte

Lo que sigue es un intento de utilizar la ficción para motivar el aprendizaje de la Historia de Arte. Lo que sigue son pequeños relatos apócrifos, reflexiones, descripciones, cartas o poemas. Textos inventados siempre, pero inspirados en la historia, para mostrar los sentidos de las obras o adaptarlos a nosotros. En ellos se hace hablar al autor, a un personaje, a un crítico, a un mecenas, a un profesor o a un espectador que nos cuentan sus razones, su manera de ver, su sentimiento o su reflexión ante la imagen plástica. Se intenta llevar a los ojos a un nivel correcto de enfoque (que no pretende ser único o excluyente de otros, pero que sí se pretende interesante) y animar a la lectura de lo que se ve, o lo que es lo mismo, educar la mirada y disfrutar del conocimiento, concediendo al contenido, al fondo de las obras, un papel relevante que en nuestras clases, necesariamente formalistas, se suele marginar.

Equilibrio compositivo

La escuela de Atenas. Rafael Sanzio de Urbino. Fresco 770 cm . 1509-10. Stanza della Segnatura. Palacio Vaticano.
Si tuviéramos que buscar la culminación de la pintura renacentista, al autor que resume el ideal de belleza y el equilibrio clásico del Plano Renacimiento, el que equivale a Bramante en arquitectura o a la Piedad de Miguel Ángel en escultura, ese autor, sin duda, sería Rafael Sanzio. Éste fue un jovencito, extraordinariamente dotado para seguir el camino de sus grandes coetáneos que pinta con tan sólo veintisiete años los frescos de la Stanza della Segnatura, la habitación en donde se ponían los sellos de autentificación a los documentos del Papa. En ellos insiste en un tema semejante al de la bóveda de la Sixtina (sibilas y profetas, mezcla de mitología clásica y bíblica) al representar, frente por frente, la filosofía clásica (Escuela de Atenas) y la teología (Adoración al Santísimo Sacramento).
La Escuela de Atenas es un cuadro muy ordenado porque en él se realiza el ejercicio más completo de composición renacentista. Para ello, parte de la perspectiva lineal, la que había inventado Brunelleschi y permitía representar la profundidad, y se inventa una arquitectura semejante a la que Bramante proyectaba para la basílica de San Pedro del Vaticano (que estaba aún sobre el papel) con bóveda de cañón, casetones, pechinas y pilastras de orden toscano, que se disponen bajo un arco pintado con decoración clásica (meandro griego sobre candelieri en las pilastras). Sitúa el punto de fuga justo en el centro del cuadro, rodeado por los dos personaje principales: Platón y Aristóteles. Del lado de éste pone la estatua de Atenea, la diosa de la sabiduría, que representa la filosofía natural, y del lado de Platón, la estatua de Apolo (con la lira y la corona de laurel), que representa las nociones de armonía y equilibrio que son propias de las artes. Delante cuatro escaleras y en el primer plano un espacio con baldosas que sirva para crear el efecto estereométrico de líneas convergentes que construyen la pirámide visual.
Construido el espacio, comienza lo más importante: La representación de la figura humana. El hombre es la medida de todas las cosas. Pues bien, en torno a Platón y Aristóteles, diseña figuras, múltiples y variadas, distribuídas en grupos, proporcionados en su tamaño, con arreglo a los diferentes planos de profundidad, y con escorzos frecuentes. Luego las modela con luz clara y uniforme, con un claroscuro convincente, dejándose influir por el dominio del dibujo y por la masa abundante y la sugerencia de movimiento, propias del Miguel Ángel pintor del techo de la Sixtina. Rafael, siguiendo su propio gusto, buscará como Leonardo actitudes espontáneas, aunque siempre más serenas, siguiendo el principio estético que orienta todos sus cuadros: El principio del equilibrio compositivo. La distribución de las figuras permite transmitir la idea de orden y de jerarquía, la que concede la posición preferente (el centro) a los dos protagonistas. Uno, Platón, que representa a filosofía especulativa, y que señala el cielo con su mano, manifestando idealismo. El otro, Aristóteles, que representa la filosofía práctica de las ciencias humanas, y señala hacia abajo, hacia la tierra. Una composición que distribuye junto a ellos a muchos personajes secundarios que se acumulan en grupos que se equilibran entre sí en número, en volumen y en color. Entre ellos hay filósofos como el hedonista Epicuro con su cabeza aureolada de pámpanos, el cínico Diógenes, tumbado y semidesnudo, el mayeútico Sócrates conversando con Alcibiades, Averroes (con turbante) contemplando a Parménides, que da la espalda a Heráclito. También hay científicos (astrónomos como Zoroastro, geómetras como Pitágoras o como Euclides) y hay quien escribe poemas como Miguel Ángel-Heráclito. Y además, dos inquietantes figuras que miran al espectador: El autorretrato de Rafael (Apeles?) a la izquierda y la única mujer, Hipatia de Alejandría (o Francesco de la Rovere, sobrino del papa, y acompañante de Rafael?). La última figura en ser añadida, al parecer, es la de Heráclito-Miguel Ángel, en el primer plano, que incluye una postura semejante a las de uno de los profetas de la bóveda de la Sixtina.  
A pesar del gran cuidado con el que describe la masa y la mímica de los personajes, a pesar de la coherencia temática de la síntesis entre el pasado clásico y el presente humanista, que consigue retratando a personajes de su mundo que representan el papel de los sabios de la antigüedad (Platón-Leonardo, Bramante-Euclides, Heráclito-Miguel Ángel), lo que más atrapa nuestro ánimo es el equilibrio de la composición. Es este equilibrio el que expresa la armonía racional de todo el conjunto y convierte a la obra en ejemplo de orden y claridad intelectual, en el ideal pictórico de la pintura renacentista hacia el que se debe tender. Un equilibrio entre los grupos de figuras dentro de un espacio clásico, riguroso y convincente, que resulta de la contraposición de masas y de movimientos de cada uno de los grupos, de sus actitudes naturales, sin tensión, que concuerdan con lo que representan, y que han sido diseñadas con la máxima corrección de dibujo y de canon (con excepción, quizás, de ese último, extraño y grande, Heráclito-Miguel Ángel, que es muestra de su admiración por el escultor y, tal vez, el único error de la representación).

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