relatos con arte

Lo que sigue es un intento de utilizar la ficción para motivar el aprendizaje de la Historia de Arte. Lo que sigue son pequeños relatos apócrifos, reflexiones, descripciones, cartas o poemas. Textos inventados siempre, pero inspirados en la historia, para mostrar los sentidos de las obras o adaptarlos a nosotros. En ellos se hace hablar al autor, a un personaje, a un crítico, a un mecenas, a un profesor o a un espectador que nos cuentan sus razones, su manera de ver, su sentimiento o su reflexión ante la imagen plástica. Se intenta llevar a los ojos a un nivel correcto de enfoque (que no pretende ser único o excluyente de otros, pero que sí se pretende interesante) y animar a la lectura de lo que se ve, o lo que es lo mismo, educar la mirada y disfrutar del conocimiento, concediendo al contenido, al fondo de las obras, un papel relevante que en nuestras clases, necesariamente formalistas, se suele marginar.

Para el registro civil

El matrimonio de Arnolfini. Jan Van Eyck. 1434. Óleo sobre tabla. 82 por 60 cm. Galería Nacional de Londres.

Yo inventé la técnica del oleo y mi mano es capaz de copiar cada detalle. Puedo reproducir la textura de las cosas y las formas y el color de lo real. Trabajo con exactitud milimétrica para hacer verosímiles al perro, a la piel de armiño de la capa de Arnolfini, el protagonista del cuadro, a la lana del manto verde y a la frente delicada y depilada de su esposa, a los brillos metálicos de la lámpara o a la luz matinal de la ventana que invade la habitación desde la izquierda. Me esfuerzo también por dejar claro el mensaje a través de símbolos diversos, de modo que el perro nos hable de la fidelidad, la vela encendida de la fe, la cama y el rojo de la colcha de la pasión, los coturnos de la vida cotidiana, los pies descalzos del carácter sagrado de lo que sucede, las naranjas del alfeizar de la ventana, si lo son, del alto nivel de vida del burgués (y si son manzanas del pecado), la Santa Margarita del cabecero de la cama, de la fecundidad, que también parece aflorar en el vientre abultado de la esposa y en el verde esperanza de su manto. Mi obra intenta ser un espejo de lo que está sucediendo, con Arnolfini que con una mano toma la de su esposa y que con la otra bendice, mientras ella mantiene baja la mirada de su bello rostro infantil y acepta su posición subordinada. Ambos están serios, expresan una cierta solemnidad consciente, como si estuviesen representando un papel o actuando en un ritual.
Sí, me esfuerzo por dejar claro el mensaje, pero con esto no es suficiente. Las figuras no hablan ni se pueden mover, aunque esté muy claro lo que ocurre. Por eso, a pesar de que mi obra es el mejor documento de lo que pasó, utilizo el espejo, ese objeto que refleja lo real, aunque lo invierte, ese espejo en el que yo me represento, tras la espalda de los dos protagonistas, junto a otro personaje. Ese espejo sobre el cual aparecen unas letras góticas manuscritas en las que yo me identifico: “Johanes de Eyck fuit hic”, dice, es decir, "Jan Van Eyck estuvo aquí".
Es la prueba de que estuve y de que, en su casa y ante dos testigos, Arnolfini se casó.

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