relatos con arte

Lo que sigue es un intento de utilizar la ficción para motivar el aprendizaje de la Historia de Arte. Lo que sigue son pequeños relatos apócrifos, reflexiones, descripciones, cartas o poemas. Textos inventados siempre, pero inspirados en la historia, para mostrar los sentidos de las obras o adaptarlos a nosotros. En ellos se hace hablar al autor, a un personaje, a un crítico, a un mecenas, a un profesor o a un espectador que nos cuentan sus razones, su manera de ver, su sentimiento o su reflexión ante la imagen plástica. Se intenta llevar a los ojos a un nivel correcto de enfoque (que no pretende ser único o excluyente de otros, pero que sí se pretende interesante) y animar a la lectura de lo que se ve, o lo que es lo mismo, educar la mirada y disfrutar del conocimiento, concediendo al contenido, al fondo de las obras, un papel relevante que en nuestras clases, necesariamente formalistas, se suele marginar.

El gran David

David. Miguel Ángel. Mármol, 5,15 m. Mº de la Academia. Florencia
David. Miguel Ángel. Mármol, 5,15 m. 1501-1504. Mº de la Academia. Florencia. Detalle.
Yo también soy David y también soy Florentino. Soy un prodigio técnico. Miguel Ángel me hizo de un sólo bloque de mármol, estropeado por la toma de puntos de un escultor sin experiencia. Tengo más de cuatro metros de alto. Estoy desnudo como un Dios, tengo postura clásica, con la pierna de apoyo reforzada por la masa del tocón, y desarrollo una contraposición de esfuerzos semejante a la del Doríforo. Aunque por mi mirada pensativa y desafiante se me relaciona con el San Jorge de Donatello, mi cabello abundante y mi perfil imitan más al Apolo de Belvedere, que el autor contempló mientras realizaba la Piedad del Vaticano. Debió de impresionarle mucho, porque acababa de ser descubierto (1498) y porque los restos de los clásicos no abundaban precisamente en aquel tiempo. Es tal vez por influencia de este Apolo que, a pesar de ser quien soy, aparento ser mayor. Sí, ya no soy un niño, como se cuenta en la Biblia y como me hizo Donatello. Además, hay otra diferencia. Todavía no he matado a mi enemigo. Lo estoy retando con mi mirada, porque sé que la victoria brota de la confianza, de la certeza absoluta de que la fuerza bruta del gigante nada puede contra la razón, la inteligencia y la belleza. Sólo tengo que esperar el momento oportuno y poner la piedra que se oculta en mi mano en la onda que descansa sobre el hombro y lanzarla contra él. Como el muchacho de Donatello represento al triunfo de la inteligencia sobre la fuerza bruta o, dicho en otros términos, a la superioridad de la cultura del renacimiento de Florencia frente a la fuerza de ejércitos imperiales. Por eso y por mi tamaño símbolizo a mi ciudad mucho mejor que el David de Donatello. Me eligieron como emblema y me pusieron a la puerta del Palacio de la Signoría y allí han pasado los siglos hasta que allí pusieron a una copia y a mí me trajeron a éste Museo. No hay que inquietarse, por lo tanto. Tengo que estar tranquilo, sereno, concentrado. Aunque el canon esté ligeramente modificado por la insinuación de que mi cabeza y mi mano derecha serán los instrumentos de mi éxito, soy un prodigio de equilibrio. Soy la mejor expresión del Pleno Renacimiento. La más admirada obra escultórica. Un hombre en un mundo humanista que mira confiado hacia el futuro con la fuerza de su inteligencia serena, de su equilibrio y armonía. La victoria llegará.

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