relatos con arte

Lo que sigue es un intento de utilizar la ficción para motivar el aprendizaje de la Historia de Arte. Lo que sigue son pequeños relatos apócrifos, reflexiones, descripciones, cartas o poemas. Textos inventados siempre, pero inspirados en la historia, para mostrar los sentidos de las obras o adaptarlos a nosotros. En ellos se hace hablar al autor, a un personaje, a un crítico, a un mecenas, a un profesor o a un espectador que nos cuentan sus razones, su manera de ver, su sentimiento o su reflexión ante la imagen plástica. Se intenta llevar a los ojos a un nivel correcto de enfoque (que no pretende ser único o excluyente de otros, pero que sí se pretende interesante) y animar a la lectura de lo que se ve, o lo que es lo mismo, educar la mirada y disfrutar del conocimiento, concediendo al contenido, al fondo de las obras, un papel relevante que en nuestras clases, necesariamente formalistas, se suele marginar.

El grito

Edvuard Munch. El grito. 1893. Oleo, temple y pastel sobre cartón. 89 por 73 cm. Museo de Oslo 
El autor, un noruego enfermizo, apellidado Munch, escribió:
"Paseaba por un sendero con dos amigos - el sol se puso - de repente el cielo se tiñó de rojo sangre, me detuve y me apoyé en una valla muerto de cansancio - sangre y lenguas de fuego acechaban sobre el azul oscuro del fiordo y de la ciudad - mis amigos continuaron y yo me quedé quieto, temblando de ansiedad, sentí un grito infinito que atravesaba la naturaleza".
Yo me vi sobre el cartón que había pintado... El miedo, la soledad... ¿Qué me pasa? ¡Oh Dios! Recorro el puente infinito y las gentes no me miran. Me envuelven las nubes de fuego y esas frías aguas densas. Estoy gritando en silencio. Es el grito más horrible. Un alarido informe y hueco que se oye con los ojos y que no se puede olvidar...
En el grito me disuelvo en ese cielo incendiado y en las ondas del fiordo, entre las que parecen atrapados sin querer barcos lejanos. El cielo es aún brillante y cálido, a pesar de que la noche comienza a hacerse presente. En el mar, domina el color de las sombras, a pesar de que en su centro se refleja la luz del cielo. Lo mismo sucede conmigo, pues mi rostro deformado aún tiene luz, aunque mi cuerpo, cubierto por lúgubres vestidos, ya se diluye en el reino azul marino de las ondas. Nada resulta más ajeno a la luz que las rectas y oscuras gentes sin cara que caminan sin mirarme y que imponen con su simple presencia la estricta moralidad de su religión y de su clase, o que el plano horizontal de los tablones del muelle y de la lineal barandilla que se encuentra sometida a la constante regular de su distancia al suelo. Por ellos transcurre mi vida, pero no mis sensaciones ni la forma y el color de mi destino. No comprendo bien quién soy pero intuyo las razones de la cruel metamorfosis de mi rostro: Cuanto más lo contemplo, más me convenzo de que esa máscara que grita es una máscara múltiple y de que a través de esa boca gritamos todos. Gritamos con toda el alma. Intentamos escapar al avance impetuoso del reino de la noche, el que abastece a las sombras y nos llena de soledad.

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