relatos con arte

Lo que sigue es un intento de utilizar la ficción para motivar el aprendizaje de la Historia de Arte. Lo que sigue son pequeños relatos apócrifos, reflexiones, descripciones, cartas o poemas. Textos inventados siempre, pero inspirados en la historia, para mostrar los sentidos de las obras o adaptarlos a nosotros. En ellos se hace hablar al autor, a un personaje, a un crítico, a un mecenas, a un profesor o a un espectador que nos cuentan sus razones, su manera de ver, su sentimiento o su reflexión ante la imagen plástica. Se intenta llevar a los ojos a un nivel correcto de enfoque (que no pretende ser único o excluyente de otros, pero que sí se pretende interesante) y animar a la lectura de lo que se ve, o lo que es lo mismo, educar la mirada y disfrutar del conocimiento, concediendo al contenido, al fondo de las obras, un papel relevante que en nuestras clases, necesariamente formalistas, se suele marginar.

Pintar un milagro

Entierro del Conde de Orgaz. El Greco. 1586-88. Oleo sobre lienzo. 4,6 por 3,6 m . Iglesia de Sº Tomé. Toledo. 
Para pintar un milagro hace falta ver que se produce un hecho excepcional, algo que está más allá de la naturaleza. Para eso utilizo la luz, esa luz de la gloria, que brota del cuerpo de Cristo y que alarga a las figuras de los santos que disfrutan de la contemplación de Dios. Esa luz que inunda la parte inferior del cuadro, mientras el brazo de un ángel ayuda a ascender al cielo el alma del difunto bajo la forma de un niño transparente. Esa luz que hace mirar hacia arriba al sacerdote y a alguno de los hidalgos que asisten al entierro. Es un entierro nocturno, con velas. Un entierro antiguo, el entierro del Conde de Orgaz, que murió ya hace dos siglos, al que asistieron milagrosamente el obispo San Agustín y el diácono San Esteban, que habían vivido y muerto en los siglos de los emperadores romanos. Mi hijo y yo nos retratamos entre los asistentes, para sumarnos al misterio. El misterio de un espacio cerrado abajo por la galería de retratos de hidalgos de negro con golilla y abierto arriba por la acumulación de los bienaventurados con perspectiva baja y cánones alargados al estilo de Tintoretto. Arriba esperan Cristo, junto a la Virgen y San Juan Bautista, formando un triángulo isósceles que penetra en la profundidad eterna de la Gloria. A su lado están los santos (San Pedro con las llaves, entre ellos), los bienaventurados, ángeles diversos y almas translúcidas con cabeza de niño y alas que se incrustan en la gelatinosa materia de esa nube blanca que sirve a todos de fundamento físico. Este espacio profundo y luminoso, pintado a la veneciana, contrasta con la cortina negra y angosta de los retratos de hidalgos de abajo y con la precisión realista de los tres personajes del milagro. De este modo, por la luz sobrenatural de este milagro, se distinguen el cielo y la tierra, y el pasado, el presente y la eternidad se unifican. La luz divina ilumina el espacio y el tiempo. Sólo si la contemplas con devoción cristiana serás capaz de ver la Gloria.   

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