relatos con arte

Lo que sigue es un intento de utilizar la ficción para motivar el aprendizaje de la Historia de Arte. Lo que sigue son pequeños relatos apócrifos, reflexiones, descripciones, cartas o poemas. Textos inventados siempre, pero inspirados en la historia, para mostrar los sentidos de las obras o adaptarlos a nosotros. En ellos se hace hablar al autor, a un personaje, a un crítico, a un mecenas, a un profesor o a un espectador que nos cuentan sus razones, su manera de ver, su sentimiento o su reflexión ante la imagen plástica. Se intenta llevar a los ojos a un nivel correcto de enfoque (que no pretende ser único o excluyente de otros, pero que sí se pretende interesante) y animar a la lectura de lo que se ve, o lo que es lo mismo, educar la mirada y disfrutar del conocimiento, concediendo al contenido, al fondo de las obras, un papel relevante que en nuestras clases, necesariamente formalistas, se suele marginar.

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Santificar nuestra lana

La adoración al Cordero Místico. Huberto y Jan Van Eyck. 1432. Político-óleo sobre tabla. 350 por 223 cm. Catedral de San Bavón. Gante. Bélgica. 
Me llamo Jodocus Vyd y soy ciudadano de Gante y un hombre poderoso. Mi oficio es el de diplomático. Trabajo para mi señor, el duque de Borgoña, Don Felipe, a quien llaman el Atrevido. Con él conquisté la fortuna con la que he pagado esta obra que ha de servir para la salvación de mi alma.
Los ciudadanos de Gante somos burgueses ricos. Nuestro negocio son los buenos tejidos de lana que fabrican nuestros campesinos, durante el invierno, y que nosotros vendemos por toda Europa. De eso vivimos bien, al menos en comparación con otras ciudades y zonas de Europa sin comercio. Por eso, con destino a la capilla que he adquirido en nuestra catedral de San Bavón, encomendé a los hermanos Huberto y Jan Van Eyck la realización de un políptico, pintado con esa nueva técnica que emplea aceite de linaza como aglutinante del color. El tema elegido es el de la glorificación del cordero, el cual no sólo es el símbolo del sacrificio de Cristo en la Cruz, sino también la fuente de la riqueza de nuestra ciudad.
Jerusalén celestial. Detalle.
Procesión de las santas mártires. Detalle.
Los hermanos Van Eyck -aunque al final el trabajo ha sido concluido por Jan, tras la muerte de Huberto- han hecho una obra magnífica en la que brilla la enorme minuciosidad de su pincelada, ese amor por el detalle que permite apreciar tanto los reflejos de la luz sobre los rubíes como la calidad de las telas o la expresión de los rostros de los santos y los mártires. En la tabla principal del políptico se representa la "Adoración al Cordero Místico", el símbolo de Cristo salvador, subido a un tabernáculo, sobre un prado celestial, que deja caer un chorro de sangre sobre el cáliz eucarístico. Arriba está el Espíritu Santo-paloma y delante la Fuente de la Gracia. A su alrededor, los ángeles con incensarios y con los símbolos de la pasión, que le alaban desde abajo. Más allá, cuatro procesiones convergen hacia el cordero desde los límites externos del cuadro. La primera, en el primer plano a la derecha, muestra a los Santos cristianos, precedida por los doce apóstoles arrodillados, en donde se incluye al santo patrón de Gante, San Livino, con las tenazas que sirvieron para arrancarle la lengua. A la izquierda están los paganos, y en especial los judíos, representados por los profetas del antiguo testamento, pues son muchos los herederos de esa raza y religión que colaboran con nosotros, cuidando de la moneda. Detrás, a la derecha, está la procesión de las Santas Vírgenes con las palmas del martirio, entre las que se incluye en primer plano a Santa Inés, para que, junto a la torre de Santa Bárbara, se muestre de nuevo su símbolo, que es también el nuestro: el Cordero. Enfrente, a la izquierda, están los Santos hombres de la iglesia, vestidos de azul, y al fondo, sobre el horizonte, se recortan las torres de nuestra ciudad: Gante, la ciudad de la lana, como una Nueva Jerusalén que rinde culto al Cordero.
Además, si el políptico se cierra, aparece, bajo la Anunciación, mi retrato y el de mi esposa, arrodillados como donantes y vestidos de rojo. Justo a mi lado figura la grisalla de San Juan Bautista, nuestro santo intercesor. Él porta también su símbolo, el mismo que el de nuestra ciudad y el mismo que el del sacrificio...
Por la obra que he pagado, espero de Dios penitencia y de los hombres que admiren nuestra lana, nuestra bendita lana de Gante.
http://www.youtube.com/watch?v=xwJKfhLMhEk&feature=related

Para el registro civil

El matrimonio de Arnolfini. Jan Van Eyck. 1434. Óleo sobre tabla. 82 por 60 cm. Galería Nacional de Londres.

Yo inventé la técnica del oleo y mi mano es capaz de copiar cada detalle. Puedo reproducir la textura de las cosas y las formas y el color de lo real. Trabajo con exactitud milimétrica para hacer verosímiles al perro, a la piel de armiño de la capa de Arnolfini, el protagonista del cuadro, a la lana del manto verde y a la frente delicada y depilada de su esposa, a los brillos metálicos de la lámpara o a la luz matinal de la ventana que invade la habitación desde la izquierda. Me esfuerzo también por dejar claro el mensaje a través de símbolos diversos, de modo que el perro nos hable de la fidelidad, la vela encendida de la fe, la cama y el rojo de la colcha de la pasión, los coturnos de la vida cotidiana, los pies descalzos del carácter sagrado de lo que sucede, las naranjas del alfeizar de la ventana, si lo son, del alto nivel de vida del burgués (y si son manzanas del pecado), la Santa Margarita del cabecero de la cama, de la fecundidad, que también parece aflorar en el vientre abultado de la esposa y en el verde esperanza de su manto. Mi obra intenta ser un espejo de lo que está sucediendo, con Arnolfini que con una mano toma la de su esposa y que con la otra bendice, mientras ella mantiene baja la mirada de su bello rostro infantil y acepta su posición subordinada. Ambos están serios, expresan una cierta solemnidad consciente, como si estuviesen representando un papel o actuando en un ritual.
Sí, me esfuerzo por dejar claro el mensaje, pero con esto no es suficiente. Las figuras no hablan ni se pueden mover, aunque esté muy claro lo que ocurre. Por eso, a pesar de que mi obra es el mejor documento de lo que pasó, utilizo el espejo, ese objeto que refleja lo real, aunque lo invierte, ese espejo en el que yo me represento, tras la espalda de los dos protagonistas, junto a otro personaje. Ese espejo sobre el cual aparecen unas letras góticas manuscritas en las que yo me identifico: “Johanes de Eyck fuit hic”, dice, es decir, "Jan Van Eyck estuvo aquí".
Es la prueba de que estuve y de que, en su casa y ante dos testigos, Arnolfini se casó.