relatos con arte

Lo que sigue es un intento de utilizar la ficción para motivar el aprendizaje de la Historia de Arte. Lo que sigue son pequeños relatos apócrifos, reflexiones, descripciones, cartas o poemas. Textos inventados siempre, pero inspirados en la historia, para mostrar los sentidos de las obras o adaptarlos a nosotros. En ellos se hace hablar al autor, a un personaje, a un crítico, a un mecenas, a un profesor o a un espectador que nos cuentan sus razones, su manera de ver, su sentimiento o su reflexión ante la imagen plástica. Se intenta llevar a los ojos a un nivel correcto de enfoque (que no pretende ser único o excluyente de otros, pero que sí se pretende interesante) y animar a la lectura de lo que se ve, o lo que es lo mismo, educar la mirada y disfrutar del conocimiento, concediendo al contenido, al fondo de las obras, un papel relevante que en nuestras clases, necesariamente formalistas, se suele marginar.

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El horror de la guerra

Napalm. Detalle de la  fotografía tomada por Nick Ut en Vietnam el 9 de junio de 1972.
Para contar el horror de la guerra nada como mirar la diagonal que componen estos niños vietnamitas. Siguiendo la estrecha línea de asfalto que brota de las casas del pueblo y que se corta hacia al fondo bruscamente por la presencia de una nube oscura, estos niños han escapado de milagro de la muerte. Esa nube, lo sabemos, es la causa del horror que contemplamos: La temible calavera disfrazada de humo rancio, una bomba de napalm.
Sobre el asfalto aún mojado por la lluvia tropical, destaca la niña del centro de la imagen. Está desnuda y descalza, y nos muestra su cuerpecito esquelético. Tiene los brazos abiertos como un cristo sin cruz o como un espantapájaros que sale oliendo a chamusquina de la nube que ha quemado sus vestidos y su espalda. Ella grita y corre hacia delante, lo mismo que hacen los otros niños: El de delante es un chico con pantalones cortos y camisa blanca. Sus ojos rasgados y sus labios alcanzan la máxima expresividad, la mínima ambigüedad. Es el rostro del desconsuelo, el rostro más lloroso que he visto en mi vida. La niña de más atrás, la que lleva un pantalón negro y largo, también corre descalza y lleva a su hermano pequeño de la mano. El niño con el pelo rapado también está corriendo, pero no lo tiene claro y mira hacia delante con gesto de desconfianza. Y hay, además, otro niño, que está aún más atrás, a la izquierda, detrás del niño de delante, que se gira para ver el fin del mundo y a los cuatro soldados americanos que, ajenos a la tragedia, los han visto pasar a su lado y no han hecho nada por ellos, aunque tampoco les han disparado, a pesar de estar armados. Y hay finalmente, al fondo, justo delante del pueblo, un último soldado, incomprensiblemente tranquilo en la profunda perspectiva, a las puertas del infierno. 
Los niños de la imagen, que han salido de la nube de napalm, siguen avanzando hacia la cámara del reportero Nick Ut. Intuyen que su salvación está en ese objetivo que mira y que es capaz de multiplicar una imagen tantas veces como quiera. El objetivo de Nick nos pide colaboración, nos muestra la realidad y pide que hagamos algo para evitar que esto siga sucediendo, excita nuestra piedad y nos muestra la inmundicia de esa nube impersonal, de esa violencia inútil que quema a tantos niños inocentes. Sin embargo, pocos saben que la imagen es un detalle, porque el original no está centrado en la niña, para poder incluir a otro soldado con cámara, situado a la derecha. También se suele olvidar que el rollo contenía más fotos como ésta que se muestra a la derecha.     
Ut tenía sólo 21 años y le dieron el premio Pulitzer por captar la verdad de aquella guerra, la de un nuevo horror sin rostro castigando a la inocencia, que se llamaba napalm. Esta imagen hizo más por el final del conflicto de Vietnam que las múltiples manifestaciones organizadas en Washington y que toda la propaganda hippie. Es la réplica al Guernica y a los fusilamientos de Goya. Es un grito en el silencio de la injusticia flagrante. Es un símbolo visible que conviene no olvidar.
Sin embargo, para Ut esta foto es sobre todo un recuerdo muy querido. Trae el rostro de una niña que tenía nueve años entonces y ahora cuarenta y nueve. Él mismo la llevó al hospital americano y, gracias a su intervención, hoy sigue viviendo. Por cierto, ella, que fue el símbolo utilizado por los comunistas para enseñar la crueldad del imperialismo americano, escapó del Vietnam con su marido y hoy vive, porque así lo eligió ella, en California, bajo la espantosa libertad que quemó su piel un día.

Fotos del trabajo

Icaro: Lewis Hine. Men at work.1932
Niños jugando al baseball. Lewis Hine. Hacia 1920.
Ayer he visto una gran exposición de fotografías. Fue en Madrid, en la Fundación Mapfre. Su autor se llamó Lewis Hine, un maestro y sociólogo americano que se dedicó a la fotografía para mostrar el sufrimiento de los inmigrantes en la isla de Ellis al entrar en EEUU, el de los refugiados en Europa (tras la 1º guerra mundial), o para mostrar directamente el trabajo de los niños y de los obreros. 
Tras su objetivo siempre hay gente hermosa y sincera. A través de sus fotos, todos estos niños, hombres y mujeres nos hablan. Nos hablan de su aventura perdida en el tiempo, nos enseñan lo que cuesta producir con su trabajo las cosas de las que disfrutamos y la densidad de su vida y de su pensamiento. También la ciudad es un producto del trabajo. Su obra más conocida se llama "Men at work" (1932) y es el reportaje que produjo durante la construcción del Empire State Buildind en New York. En él vemos a los obreros jugándose la vida sobre las vigas de la estructura metálica del edificio o moviéndose en la gruas. Detrás de cada producto agrario, industrial o artesanal están siempre los hombres, la labor incansable de los trabajadores que llega hasta nosotros. Si Dios Padre nos castigó en el paraíso a trabajar, Lewis Hine nos dejará escrito que su obra pretende dos cosas: "Quise mostrar lo que había que corregir y mostrar lo que había que apreciar".
Según el comisario de la exposición, Lewis Hine muere en 1940 tan pobre como las personas que retrata. El trabajo dignifica y hace héroes como Ícaro, el que cayó desde el cielo porque el sol quebró sus alas. Lewis también cayó herido, lo mismo que una mariposa ante la luz de una bombilla, y yo acabo de sufrir la conmoción de su pensamiento y del clic de su objetivo. Por eso y para eso, también, yo escribo todo esto, para que tú continúes esta historia y para ver a dónde llega nuestro vuelo...

Fotos de otras

Fotografía de la serie que titula "Untitled Film Stills". 1977-80.
Me disfrazo. Siempre me disfrazo. Soy fotógrafa y actriz, de manera que no me confundáis, esa que estáis viendo no soy yo. Empiezo en donde acaba Warhol, haciéndome fotografías para representar otras mujeres. En mi rostro se ocultan miles de historias. En mis trajes y en mi cuerpo está el cine y la televisión que uno ve desde que nace. Yo reinvento esas imágenes. En mis fotos están todas las películas, anuncios, revistas, cuadros, relieves y estatuas que yo he visto. Mi rostro es una máscara casi siempre inexpresiva en el medio de una historia ajena. Ante tus ojos aparezco al tiempo que comienzo a ser otra persona. La persona que tú te imaginas, pero que yo no soy ni nunca seré. Podría decirse que me oculto en los disfraces de mi rostro y que no me reconozco en lo que veis, y que es ese extrañamiento de mirarse y de no reconocerse el motor de mi búsqueda infantil. Y es que hago, sigo haciendo, lo mismo que cuando era niña ante el espejo del cuarto de mamá. Mirad mi cara enmarcada por vestidos y paisajes que me son ajenos. Nada hay más alejado de un autorretrato que estas fotos mías, que son imágenes distantes, disfraces evidentes de mi identidad. Me llamo Cindy Sherman. Nací en 1954. Envejezco ante mi cámara, haciendo clic.

Daguerrotipo

Dicen los científicos que los rayos de luz se mueven de forma lineal. La afirmación se demuestra con la cámara oscura que permitía proyectar una imagen real sobre una superficie plana y copiarla. Sólo había un problema. La imagen resultaba invertida. Al parecer, en el barroco, Vermeer utilizó algún tipo de cámara oscura y Velázquez la conocía. Imaginar un procedimiento químico para fijar esta imagen invertida en un soporte físico es lo que dio origen al Daguerrotipo y a la fotografía. Este invento se produjo durante la Restauración, en la Francia del romántico Delacroix, gracias a los experimentos de Niepce que fueron comprados y perfeccionados por Louis Daguerre. Este había sido pintor, escenógrafo e inventor del diorama, antes de colaborar con Niepce y de comprarle los derechos del daguerrotipo, que utilizaba sales de yodo, al principio, sales de plata y vapores de mercurio, al final, para reducir el tiempo de exposición sobre la placa de cobre en la que se fijaba o se revelaba la imagen.
Este daguerrotipo del Boulevard del Temple de París en 1839 tiene fama de ser el primero, el que llevó a su presentación pública Louis Daguerre. Lo más interesante de la imagen es la ausencia de personas. El boulevard parece casi deshabitado, y no porque durante las horas de luz en esa calle no hubiera gente, no. La razón de la ausencia es el movimiento. Los hombres no se quedan quietos y eso impide que aparezcan en una exposición larga. Por excepción, sin embargo, una imagen humana sí aparece. Es el primer retrato fotográfico de la historia. ¿Lo véis? Es el limpiabotas y el cliente. Ahí están en la parte inferior izquierda del daguerrotipo...
Cuando los veo flotar sobre la acera siempre me acuerdo de Alfonso Guerra, el nº 2 del PSOE en la época de Felipe González, que dirigió con mano firme al partido en los años ochenta. Éste, para limitar la discrepancia interna, pronunció esta célebre frase que creo que viene muy a cuento: “El que se mueve no sale en la foto”. Ahora pienso en la razón que le asistía al ingenioso sevillano cuando explicaba el funcionamiento del "da-Guerro-tipo".

Duelo

Fue hacia el 85, un martes, creo... Me llamó Warhol para realizar una sesión de fotos con Michel Basquiat. 
-Halsband, te lo digo de verdad. Creo que eres la persona indicada pero tiene que ser ahora mismo. Si no puedes buscamos a otro. ¿Lo tomas o lo dejas?
Y yo, ¿qué iba a hacer? Aceptar. Era la oportunidad de mi vida.
- Lo tomo, Andy, ¿dónde hay que ir?
-Ven a mi casa. En el 125 de Madison. Te estamos esperando.
Salí zumbando con lo puesto más la Yashica y un objetivo del 45. Monté en un taxi y en cincuenta minutos estaba ya en Madison.
Encontré a Andy y a Michael muy relajados, sentados en un sofá y dándole al bourbon. 
-Bien -dije- ¿dónde queréis? ¿Aquí mismo? 
-Eso depende de ti- dijo Basquiat-, es cosa tuya. ¿qué propones?
Yo miré a Andy, para ver qué era lo que él pensaba, pero él se calló. Me pareció que quería dejarme hacer, que confiaba en mi juicio.
-Espero que seáis comprensivos conmigo, como comprenderéis yo acabo de enterarme... 
-No te preocupes, nosotros tampoco tenemos nada previsto. Tan sólo la idea de la sesión, porque hemos pensado que nos iba bien juntos y se nos ha ocurrido que se podían ligar mejor nuestros nombres con una obra plástica. La tuya...  
-Bien. Os lo agradezco... Dejadme pensar... Se me ocurre que el hecho de que seáis artistas americanos es lo único que tenéis en común y que entre vosotros hay más diferencias que semejanzas, especialmente lo que resulta más visible: Que sois de dos razas y de dos tiempos distintos.
Eso era exactamente lo que pensaba. Warhol era el patriarca del Pop Art, el artista más influyente de todo el siglo, el promotor del underground, el amigo de David Bowie, el pintor que reflexiona sobre la creación de los mitos por la publicidad y los medios, pero sus canas contrastaban con el peinado de Principito de Basquiat, que era un muchacho todavía. Éste, aunque con el apoyo de Warhol ya había triunfado en Europa. seguía siendo un crío marcado por el color negro de su piel. Negro era también el color de su pelo, de sus graffitis en el Soho e incluso, también, el color de su vestidos... 
-Os fotografiaré en blanco y negro- añadí.
-¡Bien!- dijo Andy golpeándose con la palma de su mano en la rodilla para reforzar su aprobación- estoy de acuerdo, eso está muy bien. 
-Escuchad, ya lo tengo... ¿Qué os parece un combate de boxeo?
-¿Qué me dices? - interrumpió divertido Basquiat-. Si me enfrentas con este bicho enclenque me lo cargo. No me aguanta ni un asalto.
Miré a Andy y me di cuenta de que estaba dando en el clavo, porque en realidad eso es lo que estaba pasando. Ellos estaban luchando. Warhol buscaba la juventud perdida. Eso lo acercaba a Michael. Él nunca había pintado con pincel y ahora lo hacía para poder estar con él, para disfrutar del tiempo impoluto de Michael, para escuchar lo que decía y seguir su impulso. Por su parte Basquiat, aunque acababa de llegar a la cumbre y quería ocultar su inexperiencia, seguía siendo un muchacho de la calle. Por entonces decía que Samo, el grafitero que lo hizo famoso, había muerto, y que en adelante ya sólo sería: Michael Basquiat, el pintor, el que había recorrido con su madre (diseñadora y portorriqueña) los museos, el seguidor de Picasso, Duchamp, Pollock y Warhol. Sin embargo, en cuanto rascabas un poquito en él, salía el neoyorquino práctico y violento, el chico de la calle alocado y radical, la razón que atraía a Warhol. Ambos trabajaban juntos, porque resultaban compatibles y porque se necesitaban. Ambos se admiraban y por eso podían sumar sin problemas su energía y su saber como auténticos vampiros de la sangre del otro, pero también se enfrentaban, y a veces muy duramente, por el simple hecho de que eran diferentes. Era así, estaba escrito, por mucho que se apreciasen, por mucho que se quisiesen, no podrían dejar de ser rivales...
- Necesito guantes para dos y dos pantalones de boxeo. Con eso será suficiente. A ver qué talla tenéis.
Andy y Basquiat se pusieron en pie para mostrar su talante colaborador. A Michael le encantaba la idea, porque adoraba a Casius Clay y porque para un muchacho negro como él, nacido a principios de los sesenta, el triunfo tenía nombre de boxeador o de cantante. A Andy le hacía menos gracia...
-La talla tiene que ser la misma y en las fotos no quiero que se vea que él es más alto.que yo- dijo súbitamente serio y convencido de que al defender aquello ponía a buen recaudo su prestigio. 
-El fondo será blanco y tú no puedes dejar de ser negro- dije mirando a Michael.
-Entonces yo me pondré un jersey negro, así no hay problema de color- contestó Andy 
-Venga, vamos a hacer las compras.
Bajamos a la tienda y dos horas más tarde volvimos con dos pantalones Everlost de la misma talla, dos guantes derechos y dos izquierdos y una gran sombrilla blanca. Repartieron el material. Uno entró en su dormitorio y el otro en el baño. Basquiat salió en apenas un minuto, exhibiendo su torso joven a la cámara y Warhol, por una vez, se hizo de rogar.
-Vamos, Andy, que es para hoy -dijo Michael.
-Bueno, -contestó- yo tengo más prendas que ponerme y a mis pelos les cuesta más someterse al mando de mi peine.
-Escuchad- dije interrumpiendo el debate-. Aún falta lo más importante: La acción de la imagen. Vosotros sois amigos, esa es la realidad. No podéis enfrentaros cuerpo a cuerpo. En las fotos no debe haber sangre, ni odio, ni violencia. 
-No -dijo Michael-. La lucha es siempre necesaria. La lucha se impone. Sin ella no se marca el dominio. Siempre hay violencia. Yo soy negro y él es blanco, él me apadrina y yo sigo sus pasos. Cada cual tiene sus armas. Aunque él es más rico, yo le gano en juventud, fuerza e impulso. La dialéctica es siempre enfrentamiento de contrarios. Si no hay lucha no hay historia. Así que hay que pelear. Tiene que haber combate y el combate no se amaña. 
Tuve que hacer caso a sus argumentos porque Andy escuchaba y aprobaba con su gesto, así que permití que jugasen a pegarse, dejé que representaran aquella farsa ante el carrete de mi cámara y luego, más relajados, conseguí llevarles a las posiciones más hieráticas que yo prefería, como esa que veis más arriba y que les dota de un aire de difuntos faraones. Pensé que así resultaban más solemnes, más religiosos, más artísticos. 
Ahora, pasados más de veinte años y muertos ambos -Warhol murió en el 87 y Basquiat, de sobredosis, en el 88-, los imagino muy quietos e inexpresivos, mirándome fijamente desde su blanca pirámide. Ahora ya no le importa a nadie si hubo o no combate ni quien lo ganó. Al final la muerte nos iguala a todos y exhibe su victoria con una sola y exclusiva foto fija como esta.