relatos con arte

Lo que sigue es un intento de utilizar la ficción para motivar el aprendizaje de la Historia de Arte. Lo que sigue son pequeños relatos apócrifos, reflexiones, descripciones, cartas o poemas. Textos inventados siempre, pero inspirados en la historia, para mostrar los sentidos de las obras o adaptarlos a nosotros. En ellos se hace hablar al autor, a un personaje, a un crítico, a un mecenas, a un profesor o a un espectador que nos cuentan sus razones, su manera de ver, su sentimiento o su reflexión ante la imagen plástica. Se intenta llevar a los ojos a un nivel correcto de enfoque (que no pretende ser único o excluyente de otros, pero que sí se pretende interesante) y animar a la lectura de lo que se ve, o lo que es lo mismo, educar la mirada y disfrutar del conocimiento, concediendo al contenido, al fondo de las obras, un papel relevante que en nuestras clases, necesariamente formalistas, se suele marginar.

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Interpretar Las hilanderas

Las hilanderas. Velázquez. 167 por 252 sin añadidos , con añadidos: 220 por 289 cm. Óleo sobre lienzo. Museo del Prado. Madrid
Los historiadores del arte han discutido sobre el contenido de "Las hilanderas" y siguen haciéndolo hoy, enzarzados en detalles de la documentación y de la cultura de la época, pero olvidándose con frecuencia de la coherencia con el conjunto de la obra del artista. Una obra de arte puede tener significados múltiples, pero todo artista que se precie cuida bien de no contradecirse. Una obra de arte se conecta con lo anterior y se proyecta en lo siguiente. Una obra de arte debe tener una idea dominante, algo que se pueda resumir en un juicio, en una o dos frases o en un párrafo corto, una idea luminosa, un teorema en imágenes, que puede convivir con otras ideas secundarias, si se relacionan y no se contradicen entre sí. 
Viene esto a cuento porque en este cuadro, que no se hizo para el rey y que es uno de los últimos, pues parece pintado después de Las Meninas, en 1657, Velázquez pudo continuar con esa temática metartística que es para él un tema recurrente. Quiere esto decir que en un tiempo tan cuajado de lenguaje simbólico como el de nuestro siglo de oro, un autor con una obra tan larga e importante como la suya, que ha reflexionado acerca de las relaciones entre el arte y la realidad en sus obras mitológicas (borrachos- Baco, taller fragua-Vulcano, espejo-Venus, etc) y que ha transmitido la idea de la superioridad del arte racional (el del Apolo aureolado de la fragua), la de la imposibilidad de acercarse al ideal de la belleza (Venus del espejo) o la del sentido de la pintura, como arte visual que captura el tiempo y el espacio y reflexiona sobre el sentido del arte de forma casi explícita (las Meninas), no hace otra obra mitológica, como "las hilanderas", sin rellenar de sentido símbólico a la mayor parte de los personajes y objetos que pinta y sin incluir una idea que actúe como motor de la representación y que resulte coherente con su obra anterior. ¿Cuál sería esta idea? Veamos y pensemos en voz alta.
Rubens. Copia del rapto de Europa de Tiziano. M del Prado.
Según los historiadores dos eran los motivos que ocupaban la mente de Velázquez en los tiempos en que pintó las Meninas: La idea del ennoblecimiento, que provocó ese cursus honorum que realiza en palacio, en donde llega a ser "aposentador real", y la del sentido del arte, que trató de forma sensible e inteligente en los cuadros con espejo (Las Meninas y La Venus del espejo). Poniendo en relación ambos motivos está ese pensamiento, atribuído a Leonardo, de que el arte es una cuestión intelectual y no manual, de lo que podría deducirse que, en contra de lo establecido, la pintura es propia de la nobleza y no del tercer estado.  
En este contexto, realizar una obra con tema mitológico, como descubrió Angulo, al relacionar el tapiz del fondo con un cuadro de Tizziano, copiado por Rubens, que narra el rapto de Europa, implica tener muy presente el contenido de éste, es decir, el tema de Atenea y Aracne. Atenea es la diosa de la sabiduría, pero también es tejedora. Aracne es mujer sensible y hábil que desafía a Atenea para enfrentarse con ella en un concurso de tapices. Sabemos que Aracne realiza un tapiz de primera calidad que representa la infidelidad de Zeus, el padre de Atenea, y que ésta, enfurecida por el tema y envidiosa de su capacidad, la condena a muerte primero y luego a transformarse en una araña, que teje y teje eternamente.
De lo dicho, se podría concluir que Velázquez elige este mito porque es el que toca más de cerca el tema de la pintura, ya que un tapiz es una obra pictórica. Sin embargo, ¿qué ocurre con la doctrina moral del mito? ¿El castigo de Aracne implica que los humanos no deben perseguir el arte, porque este pertenece al mundo de los dioses? ¿Que el castigo es lo apropiado para aquellos que critican a los libidinosos y poderosos como el mismo Zeus o el rey Felipe IV? ¿Por qué un mito que condena y que no salva?
La respuesta a estas preguntas ha de estar en algún lugar del resto de cuadro. Continuemos mirando. Lo primero que nos llama la atención es la luz que ilumina el cuarto del fondo de un modo especial. La luz da claridad, a pesar de que las figuras, al sufrir la perspectiva aérea, estén difuminadas, con contornos imprecisos. Lo segundo es la viola, un instrumento musical que nos dice que no estamos equivocados si suponemos que estamos en el espacio de las artes. Nos falta sólo un último elemento: Las tres damas aristócratas, que ponen en contacto el primer plano con éste. ¿Qué hacen ahí? ¿Quienes son? Si Velázquez hubiese querido decir que eran ninfas que presencian el concurso, como se ha sugerido, le hubiera resultado fácil poner algún símbolo. Sin embargo, no hay nada, salvo la viola... Son  aristócratas, simples damas, que han formado parte del jurado del concurso que ganó Aracne y que provocó la respuesta de la diosa. En efecto, Atenea, con su casco, levanta la mano para condenar a la joven ante el tapiz recién tejido del rapto de Europa.
En el primer plano, más abajo, hay varios escalones y una escalera, que marcan una diferencia de nivel topográfico y un ambiente de luz penumbroso y oscuro. Aquí aparecen cinco hilanderas y un gato. Las hilanderas, además de mujeres trabajadoras que hacen hilos para luego tejerlos, ¿a quienes representan? ¿Forman parte del taller de Aracne o de Atenea?  No sabemos. Sólo vemos que una parece más anciana que las otras y cubre su cabeza con un velo, que la del centro tiene el rostro borroso y que la de la derecha que recibe un foco de luz externo, que ilumina levemente el primer plano, está devanando, mientras un gato con pintas se arrastra entre ellas. Para algunos intérpretes del cuadro, las hilanderas representan nuevamente a Atenea (disfrazada de vieja, como cuenta la trama del mito) y a Aracne (la que devana), o bien a Penélope y a sus sirvientas. Para otros estas mujeres representan a las Moiras o Parcas, las diosas que marcan el destino de los hombres. Una, la que devana y recibe la luz, sería Cloto, que representa el nacimiento, otra, la de la rueca en movimiento, la anciana, sería Láquesis, y la tercera, Átropos, sería la del centro, la que no tiene rostro, la que corta el hilo de la vida: La muerte. Yo coincido más con estos a pesar de que con ello dejo fuera a las dos mujeres de los extremos, y lo hago porque con esta interpretación explicamos la luz oscura (las tres son hijas de La Noche), el rostro borroso del centro (la muerte) y la presencia del gato, animal doméstico, pero también mágico y siniestro. 
Ahora bien, si el primer plano representa el destino, ¿qué relación tiene el asunto con el plano de fondo? Honestamente, les diré que no estoy en condiciones de contestar de forma convincente. Sólo sé que en el primer plano suelen estar los protagonistas (no en el fondo) y que, como habría dicho Sancho, las hilanderas son mujeres trabajadoras y las damas, damas... Sin embargo, se me ocurre que, quizás, Don Quijote habría encontrado en el triste destino de Aracne algún rastro del destino de Velázquez. Él, a pesar de ser amigo del rey y de practicar un arte sublime, no veía la forma de ingresar en el mundo de los nobles. Ella fue castigada por contar la verdad. Imaginemos lo que podría haber sucedido si los censores hubiesen descubierto que Velázquez había pintado un desnudo, el de la Venus del espejo, en un país con Inquisición. Imaginemos que Velázquez se sintiese viejo y quisiese hablarnos de sí mismo. Imaginemos que hubiera sido atacado por la enfermedad y que intuyese que pronto se moriría... En alguno de estos casos hipotéticos, el autor podría haber querido quejarse, hablar de sí mismo, contarnos que el destino está en manos de las parcas y que el éxito está en las manos de los dioses o de los poderosos, y que no importa lo que hagas, que tu destino lo escriben siempre otros... Mensaje triste, desesperanzado, melancólico, mensaje derrotista, muy español, el opuesto al mensaje americano del "self made man", del hombre que se hace a sí mismo. Un mensaje, en el que, sin embargo, él mismo, como autor, se pone del lado de la heroína del trabajo frente al poder irrefrenable de la diosa. Aracne es castigada, sí, pero también se salva de la muerte y, aunque algunos opinen que ya sólo hace telarañas, sigue tejiendo día y noche grandes obras de arte.  
http://www.artehistoria.com/artesp/videos/261.htm )

Convencer mejor que vencer

La rendición de Breda o Las lanzas. Velázquez. 1635. Óleo sobre lienzo.  307 por 367 cm . Museo del Prado. Madrid
El rey me pidió una obra para el Salón de Reinos del Palacio del Retiro. En el Salón, él recibe a los embajadores y se pensó que era bueno decorarlo con cuadros que hablasen de las hazañas de nuestros ejércitos. A mi me tocó un tema reciente. "La rendición de Breda". El asunto acababa de sumarse a nuestra historia, apenas hace diez años, en 1625: Según nos cuentan las crónicas y según la obra de Calderón de la Barca que se representa ahora en Madrid, el general genovés Spínola, mandando a nuestros tercios, venció a los bravos holandeses, pero quiso rendir homenaje a la valentía de los flamencos dejando salir a la guarnición, mientras el ejército español esperaba formado su salida con las lanzas en posición vertical. Según parece, cuando Don Mauricio de Nassau, se inclinaba para entregar de las llaves de la ciudad a Spínola, el jefe de nuestros tercios evitó la  humillación de su enemigo con un amable y diplomático toque en el hombro... Ese es el gesto que me interesa, pensé. Frente a los que nos atacan extendiendo la leyenda de que los españoles somos una especie de demonios, frente a los que interesadamente confunden al hombre del saco con nuestro Duque de Alba, yo defenderé nuestra caballerosidad y gallardía... Pintaré un extenso paisaje en el que los juegos de luz señalarán distintos planos. Hacia el fondo se verán los desastres de la guerra, fuego y agua utilizados como armas. Una alineación de lanzas aparecerá detrás de los españoles, para manifestar que son ellos quienes han vencido, mientras el enemigo está desarmado. Delante, pintaré dos caballos, en posiciones contrarias y en escorzo: Uno moviéndose hacia el espectador y el otro entrando en el cuadro, para dar profundidad y dinamismo. Pero en este primer plano, lo que destacará será la elegancia, la humanidad y la cultura de los dos ejércitos. La magnanimidad del vencedor con el vencido. Para remarcar la idea, yo mismo me representaré entre el grupo de soldados españoles, un grupo de soldados valientes y fuertes, hombres cabales a los que retrataré para que sean recordados. Su conversación animada y su gesto inteligente nos hablará de que son gente de fiar, de que son gente razonable, aunque no estén uniformados ni ordenados para el ataque o la defensa. En sus rostros se verá su nobleza. La grandeza de España no proviene de sus triunfos ni de la forma en que los obtiene, la grandeza de España proviene de la calidad moral de sus valores.

La belleza ante el espejo

La Venus del espejo. Velázquez. 1647-51. Óleo sobre lienzo. 122,5 por 177 cm. Galería Nacional de Londres
Desde que vi el Matrimonio Arnolfini de Van Eyck me obsesionan los espejos. Los espejos representan la verdad, por eso suelen encerrar la clave de la pintura, la llave que explica el sentido, lo que permite interpretarla. Una obra de arte no es sólo lo que se representa. Una obra de arte es una reflexión. Para demostrarlo, también, hice esta obra.
Venus y la música. Tiziano. Óleo lienzo. Museo del Prado. Madrid.
Me esmeré en ese color ambiente, que tan bien usó Tiziano y en la transición matizada desde los cálidos rojos hasta los grises y blancos de las sábanas, a través de las rosas carnaciones. Tiziano no sólo me interesaba como pintor, también su reflexión se aproximaba al contenido de mi pensamiento, cuando en sus alegorías representaba a los artistas contemplando sin recato el vientre de la diosa. Por eso representé a Venus, para hacer más evidente el ideal de la belleza, y para que no se la confundiera con una mujer hermosa, pinté a su lado a un Cupido. Cupido es un niño con alas que lleva en su espalda el carcaj de sus flechas amorosas y que está atado al espejo por una cinta. Cupido es el amor y él está preso de Venus que representa a la belleza. Decidí ocultar el rostro de la belleza. Por eso la puse de espaldas. La espalda es como el revés de la diosa. De este modo, ella no se muestra a las claras, como hizo Tiziano. De ese modo la belleza no se identifica, pues la identidad de cada uno está en el rostro. Miramos al espejo con la esperanza de encontrarnos con el rostro más hermoso y no vemos más que un eco difuminado de la belleza de la diosa. El reflejo es un eco falso, como lo es este cuadro que yo pinté. Un conjunto de colores sobre un lienzo, a la busca de la verdad y la belleza.   

Las Meninas

Las Meninas. Velázquez. 1656. Óeo sobre lienzo.  310 por 276 cm  Museo del Prado. Madrid.
Velázquez me mira a mí y yo estoy en el lugar en el que según su cuadro deberían estar los reyes, que se reflejan esfumados en el espejo del fondo. Son los reyes los que han hecho que la Infanta Margarita y Doña Isabel de Velasco estén empezando el saludo, la reverencia que implica sujetar el guardainfante aparatoso, mientras Mari Bárbola mira y Doña Isabel de Sarmiento, la otra menina, y Nicolasito Pertusato permanecen aún ajenos a la presencia real. Eso mismo le sucede al gran mastín del primer plano y al guardadamas y a la mujer con toca del segundo plano, en la penumbra. Su aparición ha sido inesperada, si nos fiamos del gesto controlado de la Infanta. El pintor, sin embargo, armado con pinceles y paleta, y refugiado tras el alto lienzo, parece pensar y mirar antes de ejecutar una pincelada. Para eso él estaba allí, sin duda, como un pintor de corte, que hace retratos de toda la familia real y de la gente de palacio e intenta pintar el aire. 
Yo miro también a Velázquez, y le digo que no soy el rey y que no es posible confundirme a mi con él, a pesar de que él haya pintado un espejo al fondo en el que aparecen reflejados el rostro y el tronco del monarca, Felipe IV, y de su esposa, Doña Mariana, y a pesar de que se dibuje en la puerta de ese mismo fondo, el aposentador de palacio, Don José Nieto, que es un signo evidente para los que vivimos aquí de que el rey está llegando. Yo le sugiero al pintor la idea de que entre la realidad que él representa y el que contempla la obra no hay comunicación posible. Que la ficción es mentira como lo son los rostros de los reyes, reflejados en el espejo. Que el que sale en las Meninas tras el lienzo, en realidad, no es Velázquez, que es tan sólo su autorretrato y que si se le mantiene la mirada y se le lleva la contraria con el ánimo negativo de la inversión de los espejos, uno ve que no se mueve, que es tan sólo el efecto de una impresión subjetiva, personal.
Sin embargo, también sé que lo que estoy diciendo no es totalmente cierto, porque entiendo lo suficiente como para darme cuenta de que lo que él pinta es una imagen de la realidad realizada con una habilidad indiscutible que matiza los planos de luz y otorga diversos niveles de enfoque a los personajes del cuadro con una factura suelta insuperable. Porque entiendo que para él representar es trasladar su pensamiento a base de símbolos e imágenes, y comprendo que él ha puesto entre los cuadros de la habitación "La fábula de Minerva y Aracne" de Rubens, que es el fondo también de "Las hilanderas", y el "Apolo y Pan" de Jordaens, por alguna razón que tiene que ver con la defensa del arte de la pintura para que yo piense en lo que hace y para que aprecie en "Las Meninas", además de su habilidad en trasladar la apariencia de las cosas, la profundidad simbólica de su pensamiento. Intento reflexionar en su mensaje y entiendo que tal vez existe una relación especial de los artistas con los dioses, la que nos habla de la persecución del ideal platónico del mundo de las ideas, la de la construcción de un sentido, que trasciende al mundo de las sombras, que vive en la fugacidad caótica del tiempo, y que se acerca a la verdad y a la belleza. Sólo así se consigue la nobleza que representa la cruz roja de Santiago, el título nobiliario que tanto persiguió Velázquez y que finalmente el rey, su amigo, le otorgó en 1648. Ese signo, dicen que fue añadido al cuadro después de su muerte como un homenaje al pintor, aunque también pudo haberla pintado el mismo artista para dar noticia de su triunfo. Por eso miro también esa cruz que nos dice que el objetivo de su gran afán por defender la dignidad intelectual de la pintura se consiguió al final, y eso sirve para llegar a darme cuenta de que él es el protagonista del cuadro y no la infanta. Él que mira y no se mancha con la paleta y el pincel, que está en su mano de artesano, él que piensa y que merece la nobleza porque hace arte con mayúsculas.

Tropo Vero

Inocencio X. Velázquez. 1650. Óleo sobre lienzo. 140 por 120 cm. Galería Doria Panphili. Roma.  
Demasiado verdadero. Así no se debe pintar a un Papa. Es verdad que soy rey y como tal me corresponden los signos del poder, como el trono o la corona, o los gestos de dominio y de ambición que exhibieron los bustos de los emperadores romanos. Sin embargo, también soy la cabeza de la Iglesia, la institución de la púrpura que representa a Cristo en la tierra. Por eso mi rostro habría de tener la mansedumbre y la bondad de los bienaventurados, la dulzura de los santos que aceptan el martirio. Yo ya sé que mi rostro me delata, que, a pesar del nombre que elegí, las comisuras de mis labios denuncian la desconfianza de mi trato y ese genio violento que no puedo reprimir. Usted, Don Diego, debería haber olvidado al hombre para representar al Papa. El arte es el terreno de la belleza, de la idealización. La realidad es deforme y fea... Demasiado verdadero...