relatos con arte

Lo que sigue es un intento de utilizar la ficción para motivar el aprendizaje de la Historia de Arte. Lo que sigue son pequeños relatos apócrifos, reflexiones, descripciones, cartas o poemas. Textos inventados siempre, pero inspirados en la historia, para mostrar los sentidos de las obras o adaptarlos a nosotros. En ellos se hace hablar al autor, a un personaje, a un crítico, a un mecenas, a un profesor o a un espectador que nos cuentan sus razones, su manera de ver, su sentimiento o su reflexión ante la imagen plástica. Se intenta llevar a los ojos a un nivel correcto de enfoque (que no pretende ser único o excluyente de otros, pero que sí se pretende interesante) y animar a la lectura de lo que se ve, o lo que es lo mismo, educar la mirada y disfrutar del conocimiento, concediendo al contenido, al fondo de las obras, un papel relevante que en nuestras clases, necesariamente formalistas, se suele marginar.

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La carga de los mamelucos

El dos de Mayo en Madrid - La carga de los mamelucos. Francisco de Goya. 1814. Óleo lienzo. 268/347 cm. Museo del Prado. Madrid
Es un cuadro violento, excesivamente violento, y además un poco ambiguo. Yo soy Fernando, el rey legítimo de los españoles, y comprendo que el origen del poder que represento no procede del pueblo y sí de la gracia de Dios. Por eso no me agradan las dos obras que ha hecho Don Francisco de Goya sobre el “dos y el tres de Mayo de 1808 en Madrid". Con ellas él pretende limpiar su pasado afrancesado. El autor ha elegido bien el momento, justo ahora que la suerte está echada y que Napoleón y su revolución están acorralados en Europa. Pero a mi ya no me engaña. Le conozco. Por eso estoy tan seguro de que ninguno de esos dos lienzos merece estar en mi palacio.
El cuadro que menos me gusta es el del Dos de Mayo. No soporto el violento planteamiento de esa lucha cruel entre la carga de la caballería que transcurre de derecha a izquierda y la infantería primitiva de infinitos madrileños que rodea a los caballos como avispas y que, armados con puñales y cuchillos, se levantan hacia aquellos. Son terribles las pupilas en los rostros desencajados por el miedo y esa pincelada violenta en la que los colores parecen estallar como bombas o como gritos de exclamación. ¿Y qué me decís del comportamiento de ese personaje central que no se cansa de hundir su cuchillo en el cuerpo sin vida del turco del caballo blanco, ese que parece una marioneta de color en sus manos? ¿No os parece excesivo? ¿No os resulta monstruoso? Además, el espacio me parece agobiante. Mirad ese paisaje esfumado del fondo, culminado por una cúpula como la de San Francisco el Grande y continuado por esa hilera de casas cuyos aleros se introducen en diagonal para hacernos ver una plaza que en realidad no existe. Contemplad el enorme contraste entre el frenético movimiento de los vivos y la pasividad de los muertos. ¿Por qué el color de la sangre parece inundar todo el cuadro? 
No. No discuto a Don Luis de Borbón, el regente, el haber concedido al sordo su autorización. Me parece bien, incluso, el argumento esgrimido por el pintor en su solicitud de conceder a los héroes españoles el papel protagonista, a pesar de que nunca hasta ahora se había visto algo semejante. Acepto esta idea porque sé que los españoles son valientes. Los españoles, mis súbditos, son un pueblo duro y poco culto que confunde con frecuencia la filosofía ilustrada de los revolucionarios con la brutalidad de los mamelucos, pero también son héroes sin nombre con la mirada llena de furia y de ira irracional cuando ven amenazados sus principios. Goya acierta en eso, en representarlos como seres violentos, ensañándose con los turcos, pero olvida que, en realidad, quien mandaba la tropa era el general Murat, que el verdadero enemigo no eran los musulmanes de la reconquista y sí esos dragones de la guardia imperial cuya representación soslaya. En efecto, entre los caballeros enemigos de la desorganizada infantería madrileña sólo hay un dragón. Es como si el francés y la revolución no hubieran existido para Goya. Pensar que el pintor sólo ha elegido a los mamelucos por sus vestidos más coloristas o por fidelidad a la historia me parece equivocado. No lo creo. Para mi, lo que Goya pretendía era ocultar al enemigo, ocultar que el pueblo se levanta contra Napoleón para defender a sus reyes, los Borbones. Además, se diría que la obra es demasiado ambigua, que alguien podría interpretar en esta imagen que son ellos, los represores franceses, las víctimas de la agresión del pueblo, los que, por ser inferiores en número, se llevan la peor parte y que eso les justifica para fusilar al día siguiente a los detenidos, tal y como nos cuenta el autor en el otro cuadro, gemelo en sus dimensiones, del tres de mayo... ¿Y qué decir de esa extraña idea de poner una inscripción en el cielo? ¿Qué falta hacía una inscripción? Y si hacía falta, ¿por qué no ponerla en el suelo? ¿Por qué asociar el cielo con el dos de Mayo? ¿No se trata de intentar convertir la revuelta en una especie de milagro y de evitar así dar realce a nuestra monarquía? Este cuadro, para mi, es un cuadro loco, un cuadro violento y ambiguo que carece de razón. Sacadlo de aquí cuanto antes. No me gusta nada. No me gusta...

Gabinete privado

Maja desnuda. Francisco de Goya. Oleo sobre lienzo. 97 por 190 cm. 1790-1800. Museo del Prado. Madrid 
Su rostro es impersonal, con la idealización relativa de las majas. Sin embargo, la actitud de la mujer da mucho que hablar. Su desnudo es agresivo. Carece de cualquier signo que permita asociarla con un tema mitológico. Por lo tanto no es una Venus, no es una diosa, ni siquiera es una dama. Es una mujer agresiva, una hembra que mira hacia el espectador de frente y con descaro, una mujer que exhibe el vello púbico y levanta sus brazos por encima de la cabeza para hacer más explícitos sus pechos. Estos son relativamente voluminosos y turgentes y están un poco separados. Según algunos, estos pechos son parecidos a los de la duquesa de Alba, con la que tuvo el artista una antigua relación sentimental. Eso explica que la obra haya sido propiedad de la duquesa, hasta que ha acabado aquí, en palacio. Godoy la ha hecho instalar en su gabinete privado, junto al famoso desnudo de Velázquez al que llaman la Venus del Espejo, y le ha pedido al autor que le pinte una réplica vestida, para poder ocultar a la desnuda con un sencillo mecanismo, cuando alguien de poca confianza entre en su gabinete. El autor, un tal Goya, lo ha hecho, pero de tal forma, utilizando un estilo tan distinto que, aunque se represente a la misma mujer y en la misma posición, son dos cuadros radicalmente diferentes. Dicen que ese cuadro puede traer cola. Si se enteran los tiquismiquis funcionarios de la Inquisición y Godoy se hace el sueco, ese Goya no se libra de ponerse el sambenito...
Maja vestida. Francisco de Goya. Oleo sobre lienzo. 95 por 188 cm. 1802-1805. Museo del Prado. Madrid

Un farol protagonista

Los fusilamientos de la Moncloa- El 3 de Mayo en Madrid. Francisco de Goya. Oleo sobre lienzo. 3,47 por 2,68 m. 1814. Museo del Prado. Madrid  
El farol es un factor expresivo esencial en la obra. Es de noche y es su luz la que narra el horror de la muerte en los ojos inocentes del hombre vestido de blanco, el que levanta hacia el cielo sus brazos y exhibe su pecho a las balas. Su camisa inmaculada absorbe la claridad, mientras se muere en su entorno. Es también ese farol el que pone contraluz a la maquinaria infernal del pelotón de fusilamiento de soldados sin rostro, que entra hacia dentro en el cuadro, siguiendo una diagonal que parte del primer plano. En el mismo primer plano y a la izquierda de las botas del último de los soldados, hay un muerto, dispuesto en violento escorzo, y un suelo regado de sangre que precede a nuestro héroe, que se arrodilla a su lado, y que abre sus brazos en aspa para ofrecerse a las balas asesinas... Detrás va la multitud, una cola en la penumbra de la noche que asciende desde el cuartel del Conde Duque hasta el farol de la muerte...
En la noche del horror, Goya destaca la inocencia del héroe, por eso lo pinta de blanco. Por eso le hace abrir los brazos, como si fuera un Cristo nuevo en la cruz del sacrificio. Un ejército sin rostro, que pinta del gris más mate, en la anónima penumbra reprime a los sublevados. Podría ser el ejército francés uniformado u otro ejército cualquiera, pero el pueblo es sólo un pueblo. Es el pueblo español. El héroe de blanco es un personaje racial, es un hombre aún joven muy moreno y tiene el pelo rizado. Hay un monje con amplia tonsura. Los tipos son muy chaparros y su forma de vestir es la propia de la gente de Madrid... Es una obra muy grande, una obra con mucha política para el rey Fernando VII que está volviendo a Madrid al tiempo que Goya pinta este cuadro. Viene de Francia a recuperar su poder y viene con la intención de volver al absolutismo y de perseguir a sus adversarios políticos. Goya durante la guerra había sido tildado de afrancesado. Por eso ahora, en 1814, seis años después de sucedidos los acontecimientos pintados, Goya quiere justificar su posición. ¿Qué dice? Miradlo... Que él siempre estuvo con el pueblo, que éste es digno de ser el protagonista del cuadro, como lo será entre los románticos, apenas diez años más tarde, porque el pueblo, como dijo la Pepa, sustenta la soberanía y es el verdadero protagonista de la historia.