relatos con arte

Lo que sigue es un intento de utilizar la ficción para motivar el aprendizaje de la Historia de Arte. Lo que sigue son pequeños relatos apócrifos, reflexiones, descripciones, cartas o poemas. Textos inventados siempre, pero inspirados en la historia, para mostrar los sentidos de las obras o adaptarlos a nosotros. En ellos se hace hablar al autor, a un personaje, a un crítico, a un mecenas, a un profesor o a un espectador que nos cuentan sus razones, su manera de ver, su sentimiento o su reflexión ante la imagen plástica. Se intenta llevar a los ojos a un nivel correcto de enfoque (que no pretende ser único o excluyente de otros, pero que sí se pretende interesante) y animar a la lectura de lo que se ve, o lo que es lo mismo, educar la mirada y disfrutar del conocimiento, concediendo al contenido, al fondo de las obras, un papel relevante que en nuestras clases, necesariamente formalistas, se suele marginar.

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Matar al hijo

Sacrifº de Isaac. Alonso Berruguete. Banco retablo San Benito.
Los jóvenes que aún no se han casado ni tienen descendencia no comprenden lo que es un hijo para un padre. Un hijo es carne de la propia carne, es la esperanza de perpetuarse en este mundo más allá de la muerte, la oportunidad de que tus genes perduren en el tiempo. Un hijo es un ser pequeño, desvalido a quien se quiere tanto que un padre es capaz de todo por salvarle. 
Madera policromª. 1527-31. MºNal.Escª Valladolid.
En el caso de Abraham, su hijo Isaac es la condición necesaria para cumplir la promesa recibida: La de ser el origen del pueblo judío. Pues bien, imagínense que Dios pone a prueba a Abraham, pidiéndole que mate a Isaac para demostrar que es digno de su confianza. Si el sufrimiento de ver morir a un hijo es difícil de imaginar para un padre, imaginarse matando a tu único hijo es una locura sin sentido... Esta locura, el asesinato del propio hijo, es el tema de este pequeño grupo escultórico en madera de pino policromada del banco del retablo de San Benito de Valladolid.
Esto es lo que está pasando: Abraham no entiende el mandato divino, pero cumple. Se lleva a su hijo Isaac, le pide que se desnude, que se arrodille, le ata las manos a la espalda y luego mira hacia el cielo, antes del sacrificio. Siente un dolor profundo, inimaginable. Es peor que suicidarse. El cuerpo del anciano se alarga y se retuerce, lo mismo que su barba gris, y su boca se abre para gritar al cielo que no es justo. Está sudando por todos sus poros, los cabellos están mojados y el vestido se pega a la musculada anatomía. Es la rebelión del padre, obligado a matar a quien más ama. Un grito que pide clemencia, mientras el hijo permanece de rodillas y sigue ligado al padre por ese hermoso paño con estofado que actúa a la manera de un dorado cordón umbilical. El muchacho llora a lágrima viva sin entender, tampoco, por qué su propio padre le maltrata y le tira de los pelos. Él intuye que algo horrible va a pasar, pero apenas se resiste. Tan sólo mantiene su mirada perdida hacia delante y llora con amargura.
El desenlace de la historia lo sabemos, pero Alonso Berruguete no lo esculpe, como hicieron Guiberti o Brunelleschi. Los tiempos han cambiado, ahora prima la emoción, la intensidad frente al equilibrio, el dolor frente a la reflexión. Estamos en un tiempo ya muy próximo al del Concilio de Trento, que tanto costó convocar, el tiempo del manierismo del segundo tercio del siglo XVI. Estamos en el centro de la ruda Castilla. Por aquí la idea de mesura o de equilibrio del pleno renacimiento o no llegó nunca o no tuvo tiempo de anidar. Por eso, la tradición narrativa y expresiva del arte gótico se prolonga en este manierismo de retablos, aunque no falte en la tensión muscular y en esa mirada hacia lo alto de Abraham el eco lejano del Laoconte, que acababa de ser descubierto, cuando el joven Alonso Berruguete llegó a Roma.

Mártir bailarín

San Sebastián. Alonso Berruguete. Madera policª
Retº San Benito. Mº N. Escª Valladolid
Después de aprender el oficio en Italia, lo mismo que mi padre, volví a España. En Valladolid me instalé. Constituí un gran taller a las afueras para hacer grandes retablos de madera policromada. Trabajé mucho con la gubia. Tanto es así, que era frecuente rematar las figuras con algunas incorrecciones. Consumía diariamente madera en grandes cantidades y empleaba mucho pan de oro en los vestidos, porque la técnica de policromía, denominada estofado, lo requería. 
Si en mis trabajos romanos me pedían una cierta contención, en España me demandaban movimiento e intensidad drámática.
El San Sebastián del retablo del Monasterio de San Benito de Valladolid, por ejemplo, está casi extenuado, con su cabello mojado por el sudor y con la boca entreabierta por el sufrimiento. Fue una buena excusa para abordar el tema del desnudo y la belleza sensual, que en España se rechazan por principio, y también para exhibir la figura serpentinata que había aprendido en Miguel Ángel, ese movimiento sugerido que parece hacer bailar al santo con las piernas separadas y los brazos levantados, atado al árbol, con el cuerpo musculado y en tensión, y con el tronco horadado por las flechas del martirio.
Esta es una escultura exenta de una escala inferior a la real en madera policromada. En ella el pan de oro se aplica sobre todo al árbol, pues la figura es un desnudo, en el que el estofado se limita a ese paño tan sucinto que le cubre las vergüenzas. Sin embargo, a mi me gusta mucho. Me recuerda aquella Italia lejana que viví en mi juventud. Seguí entonces el camino de mi padre, que trabajó con Piero de la Francesca. Yo llegué un poco más tarde, estuve en la Roma de los papas y conocí al gran Miguel Ángel. Él intercedió para que se me permitiese hacer una copia del Laocoonte y me trató como un artista. De ello me enorgullezco, ahora que todo eso queda atrás.